Claridad medieval
- 22 marzo, 2025
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Tal y como nos prometimos el año pasado, mis amigos volvieron a visitarme este fin de semana dedicado a la recreación festivo-histórica de la época medieval en nuestro casco histórico. Tampoco en esta ocasión nos acompañó demasiado la climatología aunque sí algo mejoró respecto del año pasado.
En esta ocasión, sin embargo, les varié la ruta y el viaje comenzó algo más allá en el tiempo. En la prehistoria. En plena celebración de las Fiestas del Medievo recibí a mis amigos en la explanada del MUVI. Lástima que no haya visitas guiadas, porque la inexistencia de una voz que dirija nuestros pasos por el museo hace que mucho del contenido expuesto pase desapercibido. Pocos nos detenemos a leer los paneles explicativos. Se le da una vuelta rápida y lo que se ve, al fin y al cabo son piedras, tesoro, otras piedras y la breve exposición sobre una época más moderna y que existe gracias al empeño de otro villenense, Jerónimo Hernández.
Pero yo, que en ese sentido me siento muy afortunado, me agencié al mejor guía que conozco, mi hermano. Profesor de historia, director de instituto, conferenciante y conocedor de la evolución del museo, de los lugares de excavación y hallazgos. Era un valor seguro. Pero sirva este párrafo también como reivindicación y protesta por la carencia detectada, cuya solución, es de suponer correspondería al Ayuntamiento.
El caso es que, gracias también a la amabilidad y buena disposición de Laura Alcaraz, directora del museo, la visita fue elogiada por mis buenos amigos y la sellamos con un pequeño tentempié antes de aventurarnos de pleno en el Medievo.
Nos adentramos en el casco antiguo sin horario, sin estar pendientes del programa de actos, sin mirar el reloj, escuchando, viendo y oliendo, deteniendo el paso cuando nos cruzábamos con algo interesante, en especial los dulces, saboreando, disfrutando. El teléfono móvil, totalmente anacrónico, cerca por si en una de esas avalanchas de gente se nos descolgaba algún amigo. Las mismas calles, pero distintas, las mismas casas, pero distintas también, y distintas costumbres.
Podemos recrear la vida en la Edad Media, pero no por eso volverá. Evolucionamos, la vida nos cambia y aquello que siempre se hacía, ya no se hará; aquellos con quienes compartimos durante años mesa y mantel, no serán los mismos, y ahora le damos la espalda a aquella calle estrecha que ya no nos proporciona felices encuentros sino decepciones. Pero todo está bien. Subido al campanario de Santa María, haciendo tañer las campanas, uno se siente fuerte rodeado de buenos amigos. Y es curioso que en una etapa de nuestra historia plagada de supersticiones y epidemias, insalubre y bastante oscura, pero que nosotros somos capaces de transformar en fiesta, y no en una sino hasta en dos ocasiones si contamos las fiestas septembrinas, repito, que es curioso que sea aquí y ahora, cuando con total “claridad medieval” me doy cuenta de que empieza una nueva etapa y que, en realidad, lo verdaderamente importante soy yo.
Yo, y como mucho, mis circunstancias.
Larga vida a las Fiestas del Medievo, pardiez